pie izquierdo

captura de abimael, 12/09/1992

La marcha final

los últimos días Abimael

"Ahora me tocó perder" A.G

Natali Durand Guevara

Publicado: 2021-07-21


Recuerdo la primera vez que oí hablar de Abimael Guzmán, fue el momento que supe que quería enterarme más sobre este capítulo de nuestra historia, cargado de violencia y memoria, yo era muy pequeña, aún no sabía leer bien, pero me gustaba ver los recortes de los periódicos viejos que guardaba mi papá, me llamó la atención un señor vestido con traje a rallas, encerrado en una jaula,

De ese recorte de la Revista "SI", empezó mi curiosidad, ¿por qué un hombre estaba enjaulado, por qué pedían su muerte, qué había hecho para ser tratado así?, no lograba entender quién era, tampoco qué era Sendero Luminoso, muy poco se hablaba de ese tema en los noventas, época en que la prensa estaba sometida a Fujimori y Montesinos.

Busque explicaciones en mi padre, agarré el recorte y fui a su escritorio con mucha curiosidad, recuerdo sus palabras y las múltiples reflexiones y pesadillas que revolotearon ese día mi cabeza; me dijo “se llama Abimael, pero se hacía llamar presidente Gonzalo, era "líder" de un grupo terrorista que se llamaba Sendero Luminoso, asesinaron a muchas personas en la sierra, en Huancavelica, Cusco, Ayacucho, etc sembró el terror y por eso está preso”, esa explicación simplista no me convencía y seguí preguntando ¿pero lo tienen enjaulado y piden que su muerte?, “Lo capturaron hace unos años en el '92, esa imagen es de ese día cuando lo exhibieron a la prensa, al poco tiempo hubo un debate que terminó en un referéndum el cuál decidiría si se le aplicaría la pena de muerte o  cadena perpetua”, la explicación fue larga pero mi reflexión de niña era simple "había matado a tanta gente merecía morir" a lo que él me contesto “nadie merece morir”, palabras que quedaron impregnadas en mi memoria.

Quedé impactada con las historias que me había contado mi papá y decidí leer algunos otros recortes que mi papá había coleccionado sobre el tema. Al día siguiente me tocaba ir a la escuela. 

En ese entonces yo creía que mi profesora tenía toda la verdad, ni bien llegué la saludé y le pregunté por sendero, su respuesta no fue lo que yo esperaba, me gritó, me obligó a no volver hablar del tema, así entendí que hablar de sendero era un tabú, y decidí no hablar más.

Paralelamente comenzaron los viajes a la sierra por el trabajo de mi papá, comencé a conocer esos lugares donde había estado sendero, lugares cargados de pobreza, donde la miseria y la desigualdad se podían respirar. Comencé a tener amigos, recuerdo a uno en especial que me tejía pulseritas con retamas, hablaba poco pero era muy amable conmigo, me invitaba “atajito”, una preparación de papas con hierbas del monte y queso, con el tiempo nos hicimos amigos, pero un día desapareció. 

Yo pregunté y pregunté por él nadie me dijo nada, hasta que un día su hermana menor que solía hablar de más, me contó su historia, había sido “tuco”, el ejército lo había descubierto, llegaron en la noche y lo desaparecieron, ese día me encerré a llorar sola, no sabía explicar la rabia que tenía por ese amigo que lo habían asesinado, ahí aprendí el temor al ejército y por qué era mayor que incluso a los pishtacos.

Entendí los grises, esos que encontraba sin querer a cada paso que daba, comencé a ponerle rostro a las personas que desaparecían, a los que un día se los llevaron para no volver, esos que su familia tenía vergüenza reclamar, porque tenían el estigma “eran terroristas”, aprendí la complejidad de nuestra humanidad, y odié los viajes que me obligaban a hacer, odiaba cada despedida de Lima y la calidez de mi casa, enfrentar la crudeza de la vida a una temprana edad es difícil asimilar, con el tiempo volver a la sierra ya no dolería tanto.

Pero Lima era como la sierra, cargada de silencios y secretos familiares que iban emergiendo, de pronto tus amigos y amigas se enteraban tarde o temprano que algún familiar estuvo involucrado con sendero, que tenía un familiar preso, que su tío o tía no estaban de viaje por Europa sino que estaban presos y que saldrían libres el silencio permanecía. Silencios que siguen, que se perpetúan, que no dejan respirar a muchos... aprendí a que la vergüenza se tiene que ocultar.

Recuerdo que mi papá utilizaba la palabra “terroristas” con frecuencia, a mi esa palabra me incomodaba, siempre la relacioné con ese hombre bueno que me tejía pulseritas y que yo le regalaba flores. Con el tiempo quise ponerles rostro a esas historias, a esas personas que tenían vergüenza hablar de sus muertos, de sus presos, de sus desaparecidos, aquellos que no tenían nada y que consiguieron menos.

De grande mis preguntas fueron tomando forma, y surgieron muchas más, creo que una nunca debe dejar de preguntarse por todo, conocí a todo tipo de subversivos, algunos mandos que nunca se arrepintieron, otros que niegan su pasado.

Y me pregunto como quedarán todos aquellos que lo creyeron inmortal, que creyeron que se convertía en lluvia, los que hasta el día de hoy han suspendido sus vidas esperando el llamado para volver a la “lucha armada” y siento la desazón que sentía al terminar cada una de mis entrevistas ¿tan mal estábamos que había tanta necesidad de creer, de creer en alguien que prometía cambiar las cosas, a costa de tantas vidas?, ¿en qué momento este humano se volvió un Dios para muchos y muchas?, Sigo tratando de entender, no lo consigo aún…

A manera de Epílogo:

Las heridas que se abrieron en los ochenta aún se mantienen abiertas, tras casi tres décadas de la derrota de Abimael Guzmán, aún no se logran cicatrizar. Tal vez el fin de Abimael puede significar el comienzo para una reconciliación, abrir una etapa de  mutuo reconocimiento entre diversos grupos nacionales que no tengan que llegar a matarse para procesar sus diferencias.


Escrito por

Natalí Durand

Doctora en Antropología. Docente en UNMSM @Nat_iva


Publicado en

Cuando los ríos se cruzan

Antropóloga decolonial interesada en temas de memoria, conflicto armado, violencia política, pueblos indígenas, feminismo, literatura, etc.